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LOS SEIS SABIOS CIEGOS Y EL ELEFANTE

MAURO
2020

Tudela del Duero, España

Basado en la parábola Hindú

Ilustración americana, 1907

El rey se deleitaba con las conjeturas de los seis invidentes sabios al tener frente a
sí el tan ansiado y desconocido, hasta ese entonces, elefante. El monarca tomó
asiento en el quiosco real y se dispuso a beber una botella de Mauro 2020, de
Tudela del Duero para acompañar ese peculiar, pero jocoso, momento. El
complemento serían bocadillos de carne picada con langostino envueltos en una
fina pasta y bañados en salsa de tomate sikkimese con hierbas.
Mientras el rey escuchaba al primer sabio ciego decir que el elefante era liso y
puntiagudo porque había tocado su colmillo, observaba como uno de sus lacayos
llenaba su copa con el caudal color granate con brillantes destellos que emergía
de la botella. Los rubíes de su turbante refulgían a la par de su bebida, al igual que
los que se encontraban en la montura del majestuoso animal.
Los movimientos de los sabios al tocar al paquidermo parecían una danza llena de
concentración; uno palpaba la cola, mientras otro acariciaba la trompa. Esa
coreografía de los hombres se acompasó con los aromas que emergían del cáliz
que sujetaba el rey: frutos rojos de infinitos tamaños parecían surgir de la selva y
depositarse en la nariz del soberano, acompañados de puntos herbales, terrosos y
ligeros especiados, diversos, pero solemnemente complementarios.
Entre más se movían los sabios, más agitaba la copa el rey, y evocaba esos
recuerdos de sus paseos sobre la fina montura de piel del elefante mientras
surcaban la espesa, frondosa y húmeda selva. Sin pensarlo, dio un sorbo y se
dejó llevar por esa prolongada sensación de tersas caricias y fresca salivación que
el vino le provocaba. Dentro de su boca era como escuchar las interpretaciones
que los sabios ciegos pronunciaban: el elefante es firme como tocar un tronco o el
elefante es sedoso como un abanico. Todo aquello era el elefante, todo aquello
era su vino.

El paladar del monarca se fue inundando de agradables y misteriosas
sensaciones, como entrar a una cueva caliza y dejarse engullir en ella. Por
primera vez, envidió la ceguera de los sabios y decidió imitarlos; exploraría su
bebida con los ojos cerrados. Las voces de los ciegos se fueron entrelazando en
la mente del rey con los aromas de especias y recaudos que enmarcaban a la
fragancia de rojas bayas rodeadas de hierbas frescas y secas rociadas de petricor.
Con esa sublime experiencia, el soberano abrió los ojos y no pudo contradecir a
ningún sabio. Todos ellos tenían razón, el elefante era cada descriptor, por
opuesto que fuera, así como su vino era un vaivén de frescura y misterio. El rey se
preparaba para poner orden al debate sostenido por los invidentes sobre el
elefante, sólo había que escuchar lo que todos los sabios tenían que decir, así
como él interpretó todo lo que su bebida fue mostrando… identidad más allá de lo
perceptible.

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