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Las Hadas y Yealands Wine

Sauvignon Blanc

2020

Marlborough, Nueva Zelanda

Basado en el cuento de Charles Perrault, 1695

Ilustración de Jean-Charles Pellerin, Imagerie d’Épinal

La ambiciosa madre tomó uno de los diamantes que habían salido de la boca de su bella, pero despreciada, hija menor y fue al pueblo por víveres para llenar, como nunca antes, su alacena. Mientras cavilaba la idea de mandar a su hija favorita, la mayor que era cada vez más parecida a ella, al lejano cuerpo de agua para acceder al don que ahí había adquirido su hermana, decidió la viuda darse un momento para ella.

La codiciosa mujer se dirigió a la cocina y mientras pensaba con qué deleitarse, abrió una botella de Yealands Wine Sauvignon Blanc, 2020 de Marlborough, Nueva Zelanda. Y como el brillo de los diamantes que salían de los labios de su hija menor, el vino brillaba al ser servido en la copa. Los tenues destellos color paja claro se adherían a la copa con la misma avaricia de la mujer.

La cocina comenzó a llenarse con aromas de maracuyá y hojas de lima que agudizaron los sentidos de la madre. Ésta no dudó en jugar con su copa balanceando el líquido en su interior para obtener de él su completa expresión aromática, todo debía ser disfrutado al máximo. Los perfumes de olivas, piedras y pasto mojado emergieron arropados de una oleada de frutas tropicales y cítricas. Entre más se acrecentaba la ambición de la mujer, los aromas también de hinchaban de intensidad.

La madre dio un sorbo a su bebida, una sensación de jugosidad la invadió y toques salados y amargos aderezaban la salivación. Con gestos de una maliciosa sonrisa, la mujer comenzó a beber más y a deslizar el vino de un lado a otro de su boca; parecía quererlo masticar mientras sus cachetes se cubrían de una embriagante untuosidad que se aligeraba con la humedad de la saliva que ella producía.

Aunque la mente de la viuda estaba llena de ideas sobre qué piedras preciosas podrían salir de su hija favorita una vez tuviera el don, aparecían en sus pensamientos fragancias de tisanas de maracuyá, mandarina y toronja con toques de aceituna, arenilla y petricor. Por un momento, esos recuerdos la hicieron pensar en su hija menor y su dulce candidez, pero sólo para recordar las viandas que había adquirido con los diamantes conseguidos por ella. Era hora de prepararse un bocadillo.

Llena de prepotencia, la mujer procedió a tostar unas rebanadas de su recién adquirida baguette del día. Una vez listas, las untó de queso de cabra y colocó sobre ellas dos langostinos y dos láminas de rape dorados con aceite de oliva. Una lluvia de aderezo de naranja y mango bañó el bocadillo y permitió que las escamas de sal y de perejil seco se pegaran a él. La madre se deleitaba con sus malvados planes, así como con su preparación y su bebida.

Mientras más se llenaba la boca de la viuda con los bocadillos y con el vino, más densos se volvieron sus pensamientos. ¿Qué haría ella con los tesoros que saldrían de su querida primogénita? Ya no necesitaría de la ayuda de su despreciable hija menor, que tanto le recordaba a su difunto marido. Lo que no sabía la mujer, era que el don sólo reflejaba la belleza interior de quien lo obtuviera y que ese momento de embriagante placer sería de los últimos que viviría.

Para más inspiración: @cuentos de catas, Yealands Wine, @yealands

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