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La Sirenita y Pattient Cottat

Anciennes Vignes

Sancerre AOP

2018

Val de Loire, Francia

Basado en el cuento de Hans Christian Andersen, 1835

la sirenita y pattient cottat

Después de ver al príncipe recién casado con su feliz, e inocente, esposa, la Sirenita sabía que había hecho bien en deshacerse del puñal y no lastimarlo. Nada tendría sentido, si para que ella siguiese viviendo, su amado príncipe debía morir. Como la fiesta ya había terminado, la Sirenita miró a los tablones llenos de vino y viandas y decidió permitirse un último gusto antes de que el sol saliera y ella se lanzase al mar.

De entre todas los manjares y bebidas posibles, la Sirenita se decantó por una copa de aquella botella de Patient Cottat, Sancerre AOP Anciennes Vignes, 2018 que parecía mirarla. Con mucho cuidado, ella vertió aquel líquido color pajizo tan tierno como las caricias del príncipe, y con esos destellos plateados que le recordaron al fino anillo de platino que se posaba en la mano del príncipe mientras se la besaba. El corazón de la joven se estremeció de dolor y añoranza.

Con una lentitud propia de quien está por morir, la Sirenita inspiraba dentro de su copa. Tímidos aromas que parecían respetar su sentir aparecían prudentes, parsimoniosos y recatados: limas, limones, ralladura de manzana verde y diminutos guijarros mojados de rocío. Todo aquello recordaba a la Sirenita sus experiencias en tierra firme; comenzó a sollozar.

Como si el vino fuera consciente de las emociones de la jovencita, a medida que el llanto sobrecogía a la Sirenita, aquél se hacía más presente. Emergieron del fino cáliz notas de hojas de naranjo, té limón, perejil fresco y salmuera, y cual delicadas agujas se introducían en las fosas de la criatura queriendo tejer redes que detuvieran las lágrimas que caían de sus tristes ojos.

Tímidamente, la Sirenita dio un sorbo al vino, su boca se enjugó de inmediato al mismo son de sus ojos. El vino parecía fundirse con sus lágrimas y dejar en ella un toque salitrado y amargo, como si la comprendiera, como si quisiera decirle: también lo siento. La joven ante tanta conmoción, no pudo contener las contracciones de dolor que hipaban en su pecho. El vino reaccionaba y provocaba en la Sirenita, un llanto bucal cada vez mayor.

Un abanico de recuerdos brotó en la mente de la Sirenita, parecía un collage de memorias desde que salvó al príncipe de la tormenta. Pero todo comenzó a velarse, la Sirenita pensó que lo que nublaba su mente era el humo de las velas de los tablones que comenzaban a apagarse, pero no. El vino contuvo en la mente de la joven su fresca expresión cítrica, y con un solemne respeto ante el dolor, dejó aparecer en sus pensamientos una fina bruma de ceniza y sal de mar, nuevamente, la bebida la comprendía.

La Sirenita sabía que faltaban pocos minutos para la llegada del crepúsculo, miró de nuevo el tablón frente a ella, y decidió comer un último bocado. La joven debía escoger bien, sólo podía ser uno, dejó que el vino, su acompañante en su duelo le guiara la decisión. La Sirenita tomó un envuelto de pepino persa relleno de queso de cabra con aceite de oliva y salvia, y con cuidado de no dejar caer la alcaparra que lo coronaba, lo comió de un mordisco.

De nuevo los sollozos ante tanta añoranza de la Sirenita se hicieron presentes. El vino lloraba con ella dentro de su boca, los dos derramaban las oleadas de sentimientos y sensaciones, un oleaje que se comenzó a apaciguar conforme la luna cedía el paso al sol. La bebida le hizo recordar a la Sirenita lo placentero de la brisa marina, y posterior al último trago, con el recuerdo de su amado se arrojó al mar, sintiendo cómo su cuerpo se disolvía en el agua.

@cuentosdecatas

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