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Rumpelstilzchen y Juguette

Shiraz

2018

Barossa Valley, Australia

Basado en el cuento de los Hermanos Grimm, 1812

Ilustración de Paul Hey

Los cánticos y los gritos del enanillo llamaron la atención del emisario de la reina. El prudente mensajero real se acercó cautelosamente a la casita en la alta montaña para ver de qué se trataba el alboroto. Al asomarse por la diminuta ventana, pudo observar al enano coreando sobre una piedra en torno al fuego. El hombrecito se balanceaba con una copa de grueso vidrio de la cual salpicaba un líquido carnoso de brillante color ciruela.

El mensajero notó la botella que se encontraba sobre la mesa del enanillo, Juguette Shiraz 2018 del Valle de Barossa en Australia era el líquido que aromatizaba el ambiente. La reducida habitación se encontraba colmada de notas de ciruela y zarzamora frescas, acompañadas de hojas de menta, regaliz, hojarasca y salpicadas por polvos de cacao y café y delicadas notas florales. El hombrecillo pausaba sus cánticos y se detenía a apreciar el perfume que emanaba de su copa con tal concentración, que no se percató que era observado.

Los labios y la barba del enano se humedecieron con el vino que, entre tantas piruetas, salpicaba las paredes de la minúscula morada. El enano pudo sentir la amabilidad con la que el líquido se deslizaba por su boca, más no lo engolosinaba ya que una ligera sensación salada y amarga lo balanceaban. La sonrisa en la cara del hombrecillo se tornó mezquina pensando que pronto tendría en sus manos al precioso bebé de los reyes, y la sensación aterciopelada dentro de sus cachetes no hizo más que aumentar su avaricia.

El mensajero de la reina trataba de retener todo lo que aquel enanillo balbuceaba, sabía que esa información ayudaría a su majestad, pero un silenció llenó la otrora ruidosa habitación. El hombrecito sacó de un viejo horno un medallón de filete con una costra de café y pimienta acompañado de un higo relleno de nueces tostadas, pasas, glaseado con jalea de menta. Ese mutismo y los aromas que de la comida y de la bebida emanaban provocaron en el enviado del castillo unas fuertes e incontenibles ganas de irrumpir en la vivienda.

Justo cuando el empleado real estaba por arruinar su misión, el enanillo volvió a cantar. La mezcla de los bocados con su bebida lo llenaron de un entusiasmo aún mayor, y fue en ese momento de embriagante placer que el hombrecito mencionó su nombre: Rumpelstilzchen. ¡Qué afortunado se sintió el mensajero! Aún con la desdicha de no haber podido degustar el platillo ni el vino del enano, estaba seguro que la recompensa que le daría la reina sería un manjar mayor.

Para más inspiración: Juguette, @juguette, @cuentosdecatas

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