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El Mito de Tiresias y Olivier Ravoire

Espee

CROZES-HERMITAGE AOP

2020

Valle del Ródano, Francia

Ilustración de Heinrich Füssli, 1780

Basado en el mito griego.

Aun ciego, Tiresias con su clarividencia, podía percibir el líquido cereza, con delicada traslucidez y destellos púrpuras que caía en su copa, era una evocación a la sangre que vertieron sus ojos cuando Hera lo cegó. La botella que tenía el viejo en sus manos era Espee 2020 de Olivier Ravoire de la AOP Crozes-Hermitage del valle del Ródano. Presenciar a Odiseo durante el sacrificio fue agotador y merecía descansar.

La longevidad estaba pesando en Tiresias, quien con pulso cauto acercó el cáliz de su copa a su afilada nariz y se dejó llevar por los perfumes que aparecían. Una dualidad entre frutos negros del bosque hipnóticos y especiados rústicos hizo que el vidente recordara su tránsito entre lo femenino y masculino como un vaivén que acariciaba y a la vez sujetaba con fuerza, como los aromas que eran sutiles pero presentes.

El vino danzaba dentro de la copa en círculos que respondían al movimiento de la arrugada mano de Tiresias. Ese remolino impulsaba notas que detallaban aún más el binomio que el anciano percibía, se sumaba el humo de un delicado tabaco, las delicadas vellosidades de la gamuza y grumos de tierra cargados de petricor. El viejo memoraba sus años como jovenzuela y sus días como mancebo. 

La tupida barba se partió cuando los labios de Tiresias decidieron probar su vino, el torrente que inundó su boca le provocó de nuevo recuerdos bipolares, había potencia, pero delicadeza en cada trago. La saliva acariciaba, mientras su lengua se tensaba y una prolongada provocación quedaba dentro de él, dominante y sumisa a la vez. Su respiración se acompasaba con el ritmo que la bebida marcaba, fuertes inhalaciones con tenues y largas exhalaciones.

Así, la mente clarividente del anciano se fue llenando de recuerdos, los campos de Tebas fueron dibujándose: prados verdes con veredas tupidas de enramadas, aire húmedo con dejos de higos y olivares. Su ciudad, sus pensamientos y su vino se fundieron en una amalgama de añoranzas. Ya no deseaba vivir tanto, se sentía cansado. Y para poder reposar tranquilamente, Tiresias decidió cerrar su día con una merienda digna de él.

Los alimentos escogidos fueron delicadas láminas de cordero sobre una galleta de cebada que untó con pasta de lentejas y pistaches. Pausadamente, Tiresias iba uniendo sus mordiscos con sus tragos de vino, dos elementos, dos evocaciones, hombre y mujer, ceguera y clarividencia… pares opuestos de un solo ser.  

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