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El Gato con Botas y Böen Pinot Noir

BÖEN
PINOT NOIR
2019
California, EUA

Basado en los personajes del cuento de Charles Perrault, 1695.

el  gatos con botas pinot noir

Ilustración de Gustave Doré, 1862

El gato tomó el dinero que amablemente el rey le había otorgado en gratitud por las presas enviadas de parte del Marqués de Carabás. De regreso a la humilde morada de su joven dueño, pasó por una botella de Böen Pinot Noir 2019 de California y se imaginó narrando lo sucedido en el castillo gracias a su astucia. Seguramente, el hijo menor de fallecido molinero se sentiría con más suerte que sus hermanos en haber heredado sólo al ocurrente gato.

Al llegar con su dueño, el gato dispuso en la mesa dos copas de vidrio y toscamente vertió en ellas el líquido de color granate que impregnó la habitación de destellos rubí y de un rosario aromático de frutos rojos y negros. Tan pronto esas notas alcanzaron al joven, se sentó en la mesa para escuchar las andanzas del gato.

Mientras el felino narraba cómo las dos perdices habían caído en la trampa del saco, el hijo del molinero se encontró absorto en una madeja de notas de frutos del bosque, enredados en perfumes mentolados con toques especiados. Los aromas de canela, vainilla y clavo tímidamente se incorporaban a esa confitura mental que se había dibujado en la mente del muchacho.

El gato con botas, sin perder el hilo de su narración, parecía también disfrutar los aromas que surgían de su copa. Durante una pausa a su historia, dio un sorbo al vino y su boca se llenó de una cálida, pero amable, sensación.  El joven aprovechó el mutismo del felino para dar también un trago a su bebida. Una suave y espesa salivación comenzó a aparecer dentro de su boca, y con una sonrisa se dejó llevar por esa calidez.

El gato movía sus bigotes con tosquedad, provocando una sutil resequedad que rodeaba sus largos colmillos. Comenzaba a sentir hambre y se arrepintió de no haber guardado una perdiz para disfrutarla con el joven. El muchacho continuaba dando sorbos a su bebida, y una sensación de opulencia aparecía en sus pensamientos: imaginaba una bandeja llena de cerezas y moras maduras, rodeadas de hojas de hierbabuena y romero, salpicadas de virutas de canela, vainilla, clavo de olor, anís y pimienta rosa. 

El hijo del molinero deseaba que esos exuberantes pensamientos pudiesen convertirse en parte de su vida. Era un joven trabajador, pero sus hermanos se habían quedado con todo lo productivo de su padre. Él debía conformarse con lo que su austera realidad le permitía, un pequeño bocadillo de pan rústico con queso fresco y una delgada loncha de lomo ahumado. A punto estaba de darle un bocado a su frugal alimento cuando el gato lo detuvo.

El gato con botas sabía que su suerte estaba por cambiar, y rápidamente se internó en el huerto del vecino donde robó dos higos y unas cuantas hojas de menta. Con rapidez transformó el bocadillo del joven en dos tostas untadas con puré de higo mezclado con el queso; tomó todas las lonchas de lomo que el joven había guardado y las rostizó junto con la menta. Una vez armada la merienda, el gato permitió a su dueño deleitarse con la dupla de alimento y bebida.

El hijo del molinero estaba tan sorprendido con las cualidades del gato, como de lo placentero de su merienda. Esa unión de dos cosas tan distintas: la improvisada tosta y el vino era tan excéntrica como el dúo que él y su felino estaban construyendo. Si en algún momento sintió envidia por la herencia de sus hermanos, ésta se disipó en ese instante. El joven se sentía lleno de fortuna por contar con un legado de su padre tan peculiar como ese gato, ahora con botas.

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