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Eiocha y Cernunnos: María Remírez De Ganuza

Rioja DOCA
RESERVA 2016
RIOJA, ESPAÑA

Basado en el mito celta.


Ilustración de Gukkhwa

El primero y más bello de los dioses había nacido, Cernunnos. Eiocha, como
majestuosa yegua, no cabía de orgullo al ver su creación, quien una vez de pie
decidió celebrar su llegada al mundo. El primer dios, tomó una botella de María
Remírez de Ganuza, Reserva 2016 de Rioja DOCa y colocándose debajo del
imponente árbol de roble que alimentaba a su madre se dispuso a abrirla y servirla.


El vino caía con un caudal que sintonizaba con las olas al romper en la costa, su
finura parecía arropar el cáliz de cada copa con una fina manta granate. Los ojos
de Eiocha se iluminaron, ese instante se estaba convirtiendo en el inicio de algo
inimaginable. Cernunnos acercó su copa y al percibir esos aromas de cereza,
grosella y granada, que se fusionaban para ofrecer una compota perfumada de
hojarasca, avellana, salvia y sutil humedad, sintió una gran inspiración.
Con todas esas fragancias, Cernunnos se influenciaría para levantar un bello
bosque, repleto de preciosos animales y flores que brindarían armonía y belleza a
su entorno. Su bebida resultaba una partitura que guiaba la melodía de sus
pensamientos con cada inhalación. Eiocha se imaginaba un idílico lugar
enmarcado por no uno, sino por cientos de robles, uno más fino e imponente que otro.


Madre e hijo se sostuvieron la mirada y al unísono probaron su vino. La bebida les
acarició el interior de su boca, y con una firme elegancia fue despertando en ellos incontables sensaciones.

Ambos comenzaron a salivar gradualmente y, como si de una extraña alquimia se tratase, sintieron como si el gigante roble que los
cubría se introdujera en ellos poco a poco. Sorbo tras sorbo parecían fusionarse
con ese árbol y llenarse de la fina savia hasta lo más profundo de sus almas.


La imagen del futuro bosque se volvía cada vez más nítida, al sumarse en la
mente de Cernunnos y Eiocha imágenes de pequeñas bayas rojas, pétalos de
finas flores que eran alzados por una brisa que el mar parecía regalarles, nueces
que rodaban por un campo repleto de húmedo verdor y que resonaban con el
galope de ciervos, terneros y preciosos lechones. Era una estampa sublime que
se enmarcaba nuevamente con la gruesa enramada del roble, el cual regaló a la
celestial pareja dos de sus mejores brazos para que de ese momento inspirador
crearan a los seres que los adorarían para la eternidad: el hombre y la mujer.

Para más cuentos: @cuentosdecatas

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