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Blanca Nieves y Trivento Golden Reserve

Trivento Golden Reserve

Malbec
2020

Luján de Cuyo, Mendoza, Argentina

Basado en el cuento de los Hermanos Grimm, 1812

blanca nieves y trivento golden reserve
Ilustración de Anastassija Archipowa

Después de entregar las vísceras de cerdo a la malvada reina, el cazador
necesitaba apaciguar su alma. Por un lado, se sentía satisfecho de haber
permitido que la pequeña Blancanieves huyera hacia el bosque; pero por otro, un
desasosiego en su interior al saberla vulnerable ante las fieras salvajes, le oprimía
el pecho. Decidió tomar una de las botellas de la cava abierta del castillo y
retirarse a beberla solo en uno de los huertos reales.
La bebida elegida fue un Malbec Trivento Golden Reserve 2020, de Luján de
Cuyo, Argentina. Los pensamientos del hombre se sentían tan oscuros como el
vino que había vertido en su copa, recuerdos de la sangre del animal sacrificado
reptaban en su cabeza. Qué sería de la pobre niña a la deriva, el cazador quería
llorar, pero el vino lo hacía por él. Su cobardía al no atreverse a desafiar una orden
real, lo había llevado al límite de su moralidad; no se sentía a gusto.
Para distraer su zozobra, el cazador comenzó a olfatear su bebida. Sintió un cálido
abrazo mental cargado de perfumes de moras y ciruelas, de violetas y lavandas,
de vainas de vainilla y de hierbas mentoladas recién cortadas de la tierra. El
fornido hombre se dejó arropar en esa fragancia potente pero elegante, como si la
fallecida madre de la niña le diera una palmada comprendiendo lo difícil de su
decisión.
Justo cuando una lágrima parecía brotar del cazador, éste cerró los ojos y decidió
probar su vino. Un bálsamo de paz acarició su boca mientras el vino se deslizaba
con parsimonia por su interior. No había sobresaltos en los tragos del hombre, lo
perturbado de su ser parecía ecualizarse y recobrar un equilibrio perdido. Sorbo a
sorbo, la tersura y ecuanimidad de la bebida afirmaban que el cazador había

decidido lo mejor, y que esa bella niña encontraría la manera de mantenerse a
salvo lejos de la reina.
De nueva cuenta, por la mente del musculoso individuo se hizo presente la madre
de Blancanieves. El cazador la imaginó vestida con su elegante capa, coronada
con una aureola de violetas corriendo por el bosque, sorteando las hojas caídas
de otoño y llevando en brazos una pequeña trufa de chocolate con menta como
las que tanto disfrutaba su hermosa hija. El mensaje que el vino quería transmitirle
era que la madre no permitiría que nada dañase a la pequeña.
Sin poder evitarlo, el cazador rompió en llanto, uno que comenzó con
remordimiento, pero que a medida que continuaba bebiendo su vino, se tornaba
en compasivo y esperanzador. Una de las cocineras escuchó sus sollozos y se
acercó a él. Para reconfortar al hombre, la mujer le ofreció un trozo del filete
envuelto en hojaldre con salsa de queso azul que hacía unas horas habían servido
para los reyes.
Con ojos húmedos, el cazador comenzó a comer mientras su mirada se
concentraba en la mujer. La cocinera quería decirle que cualquiera que fuese su
pena, ella lo consideraba una buena persona; y de la misma manera que aparecía
la madre de Blancanieves en los pensamientos del hombre, aquella se dio media
vuelta y desapareció de su vista. Sin duda ese día lleno de sensaciones
encontradas, marcaría al cazador de por vida.

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